miércoles, 1 de agosto de 2007

Antonioni Michalangelo y el acto eterno de observar

Contemplar el mundo con sagacidad crítica es la ocupación más noble que un hombre puede emprender a lo largo de su vida. Esa actitud primera para afrontar la existencia y todas las complejas redes personales y sociales en las que ella se desenvuelve son un acto de rebelión, que no merece otra cosa que no sea admiración y respeto, y a aquella inmensa tarea del mirar dedicó buena parte de su vida el recién fallecido cineasta italiano Antonioni Michalangelo.

Es justamente ese observar eterno, labrado por angustia y soledades, lo que permite que un hombre traspase la frontera de sus propias limitaciones y se transforme en un genio, capaz de engendrar una composición poética que sea un espejo de la vida misma, de aquel tiempo sostenido en lo absoluto repleto de matices y en permanente conflicto con la existencia humana. Esa realidad que tantas veces nos parece cercana, pero irremediablemente esquiva.

Michalangelo -hombre, pero por sobre todo artista- recurre a la narración y las imágenes para armar un rompecabezas de una pintura abstracta, con lo cual consigue que esa verdad, que yace cubierta a nuestros ojos por los velos del misterio, sea proxima, y es que sólo conseguimos aproximarnos a ella por la impagable gestión de los elegidos que descomponen las apariencias mundanas para ser una luz en el camino.

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