Chilenos, demasiado chilenos. Una vez más los medios de comunicación se encumbran con inusitada desfachatez al carro de la victoria haciendo propio un triunfo que no lo es, retorciendo la realidad de los hechos para convencernos que todo lo nacional adquiere ribetes insospechados o bien declarando como compatriota ilustre a una periodista, hasta hoy, desconocida para todos los coterráneos.
¿La víctima de turno? La recientemente famosa, Andrea Elliot, galardonada con el premio Pullitzer por una serie de reportajes sobre la vida de la comunidad musulmana en Nueva York, después del fatídico 11 S.
Ella es la causa inexorable de la chilenitis que hemos padecido en nuestro país desde que se hicieron públicos los nombres de los triunfadores del Pullitzer. Y el problema en parte es compartido: por un lado no podemos obviar lo que estipula su registro de nacimiento
miércoles, 18 de abril de 2007
miércoles, 11 de abril de 2007
El recuerdo de un poeta
Aquel hombre estaba sólo, sumido en sus recuerdos y con el alma entristecida; embriagada en la nostalgia. Nada ni nadie perturbaba a su memoria que hacía del presente un silencio abrumador, que alimentaba con perfidia los infortunios y fracasos de tantos sueños trastocados. El rostro cabizbajo de Horacio se diluía en cada sombra de la pieza y los deseos de morir acrecentaban al unísono con cada recuerdo que anidaba su razón. Él tenía conciencia de que no pudo ser el gran hombre que auguraban sus talentos. “Un joven de metáfora impetuosa que irrumpe en poesía para aunar con sutileza romanticismo y filosofía existencial”, había dicho un renombrado literato de habla hispana sobre el joven poeta Horacio, que apareció con fuerza desmedida en los torrentes de la lírica a comienzos de la década del 60, pero al poco andar, todos las alabanzas se diluyeron como el insulso humo de un cigarrillo en una tarde invernal.
A los 23 años dejó su Chile natal y partió rumbo a Madrid con la firme convicción de que sus obras triunfarían en la bella Europa. No tenía conocidos ni un lugar donde llegar, sólo estaba a la deriva de lo que propusiera su aventura juvenil. En ese entonces, Horacio solía decir que vivía de la confianza que en sí mismo poseía, sin duda es por ello que dejó a familiares y amigos anclados en el pasado y decidió probar suerte en el horizonte de las artes. Al comienzo, todo funciono a la perfección porque la fortuna no se despegó de sus brazos. Se hizo de un nombre en el continente y sus obras se editaban por millares. Jóvenes, universitarios, novelistas, poetas y artistas en general cayeron rendidos ante la metáfora profunda y audaz que expresaba su pluma, pero a su pesar las corrientes de la vida nunca transitan por senderos iguales a los delineados por los sueños.
A los 23 años dejó su Chile natal y partió rumbo a Madrid con la firme convicción de que sus obras triunfarían en la bella Europa. No tenía conocidos ni un lugar donde llegar, sólo estaba a la deriva de lo que propusiera su aventura juvenil. En ese entonces, Horacio solía decir que vivía de la confianza que en sí mismo poseía, sin duda es por ello que dejó a familiares y amigos anclados en el pasado y decidió probar suerte en el horizonte de las artes. Al comienzo, todo funciono a la perfección porque la fortuna no se despegó de sus brazos. Se hizo de un nombre en el continente y sus obras se editaban por millares. Jóvenes, universitarios, novelistas, poetas y artistas en general cayeron rendidos ante la metáfora profunda y audaz que expresaba su pluma, pero a su pesar las corrientes de la vida nunca transitan por senderos iguales a los delineados por los sueños.
miércoles, 4 de abril de 2007
Rodericus
La pluma sagaz hace camino al andar. Y aquello se devela en cada frase de Rodericus, hombre de seudónimo insinuante que deja a un lado la contingencia de los hechos que suceden en la vida, para situarse en la vereda de al frente y avistar a la distancia ese incansable tráfago citadino que nos sumerge en la rutina idiotizante y nos priva de la recta reflexión.
El escritor alterno de la columna Día a Día del diario El Mercurio nos deja de manifiesto la necesidad de abstraerse del conventillo noticioso por algunos minutos y hacer frente a todos esos problemas, enigmas y cuestionamientos existenciales que afloran con periodicidad en la vida de cada uno de nosotros. La misión, por supuesto, no es fácil, pero la invitación esta hecha. De aquí en más, sólo falta la disposición del alma para la envergadura de tal gestión.
En Rodericus subyace un escritor verdadero, comprometido a cabalidad con la realidad de la existencia humana y que desestima cualquier medio beneplácito que evada la importancia de encarar a los monstruos propios y ajenos. Por ello, quizás la mejor manera de definir al autor que nos atañe es denominándolo como un mediador entre el periodismo y la filosofía.
Del buen periodista es inconfundible la limpieza del lenguaje para expresar con nitidez sólidos argumentos que justifiquen las opiniones vertidas en sus escritos; la precisión y síntesis para desarrollar en un espacio limitado temas que suelen ser materia de un ensayo, más que de una columna; y la creatividad que se encarga de plasmar de modo estético el contenido que respalde a cada opinión (¡no cedamos tal tarea sólo al novelista!).
Ahora bien, del filósofo comparte la altura de mira para afrontar temas relevantes, tales como la decepción, la seriedad y el ensimismamiento. Al mismo tiempo, que hace gala de una agudeza intelectiva que le permite captar la universalidad de un problema y dar razón del mismo, con el propósito de alcanzar respuestas o posibles soluciones al conflicto. No por nada, se dice que el filósofo es el sabio del sentido común. Algo que a primera vista parece tan simple, pero que sin embargo por estos días escasea.
En este sentido, no se puede dejar pasar por alto el hecho de que Rodericus también se erige como una especie de consejero, que susurra al oído recetas para la buena vida, a saber: “la previsión es parte del buen juicio”, “mientras mayor es la responsabilidad, mayor es la obligación”, “la similitud es una forma indirecta de darse a conocer, de definirse, de reconocer la propia identidad” o “endiosar a un individuo es la mejor manera de demonizarlo después”.
A pesar del talante de aquellas preposiciones, la verdadera profundidad de su genio queda de manifiesto cuando señala que “la felicidad dice, por sobre todo, relación con la tranquilidad de conciencia y la serenidad del espíritu. Esa paz interna, que no disfruta con cualquier cháchara insustancial, sino que ahonda en lo necesario, en la búsqueda que nunca debe dejar de realizarse”.
Diego Sánchez.
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