Rodericus
La pluma sagaz hace camino al andar. Y aquello se devela en cada frase de Rodericus, hombre de seudónimo insinuante que deja a un lado la contingencia de los hechos que suceden en la vida, para situarse en la vereda de al frente y avistar a la distancia ese incansable tráfago citadino que nos sumerge en la rutina idiotizante y nos priva de la recta reflexión.
El escritor alterno de la columna Día a Día del diario El Mercurio nos deja de manifiesto la necesidad de abstraerse del conventillo noticioso por algunos minutos y hacer frente a todos esos problemas, enigmas y cuestionamientos existenciales que afloran con periodicidad en la vida de cada uno de nosotros. La misión, por supuesto, no es fácil, pero la invitación esta hecha. De aquí en más, sólo falta la disposición del alma para la envergadura de tal gestión.
En Rodericus subyace un escritor verdadero, comprometido a cabalidad con la realidad de la existencia humana y que desestima cualquier medio beneplácito que evada la importancia de encarar a los monstruos propios y ajenos. Por ello, quizás la mejor manera de definir al autor que nos atañe es denominándolo como un mediador entre el periodismo y la filosofía.
Del buen periodista es inconfundible la limpieza del lenguaje para expresar con nitidez sólidos argumentos que justifiquen las opiniones vertidas en sus escritos; la precisión y síntesis para desarrollar en un espacio limitado temas que suelen ser materia de un ensayo, más que de una columna; y la creatividad que se encarga de plasmar de modo estético el contenido que respalde a cada opinión (¡no cedamos tal tarea sólo al novelista!).
Ahora bien, del filósofo comparte la altura de mira para afrontar temas relevantes, tales como la decepción, la seriedad y el ensimismamiento. Al mismo tiempo, que hace gala de una agudeza intelectiva que le permite captar la universalidad de un problema y dar razón del mismo, con el propósito de alcanzar respuestas o posibles soluciones al conflicto. No por nada, se dice que el filósofo es el sabio del sentido común. Algo que a primera vista parece tan simple, pero que sin embargo por estos días escasea.
En este sentido, no se puede dejar pasar por alto el hecho de que Rodericus también se erige como una especie de consejero, que susurra al oído recetas para la buena vida, a saber: “la previsión es parte del buen juicio”, “mientras mayor es la responsabilidad, mayor es la obligación”, “la similitud es una forma indirecta de darse a conocer, de definirse, de reconocer la propia identidad” o “endiosar a un individuo es la mejor manera de demonizarlo después”.
A pesar del talante de aquellas preposiciones, la verdadera profundidad de su genio queda de manifiesto cuando señala que “la felicidad dice, por sobre todo, relación con la tranquilidad de conciencia y la serenidad del espíritu. Esa paz interna, que no disfruta con cualquier cháchara insustancial, sino que ahonda en lo necesario, en la búsqueda que nunca debe dejar de realizarse”.
Diego Sánchez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario