Aquel hombre estaba sólo, sumido en sus recuerdos y con el alma entristecida; embriagada en la nostalgia. Nada ni nadie perturbaba a su memoria que hacía del presente un silencio abrumador, que alimentaba con perfidia los infortunios y fracasos de tantos sueños trastocados. El rostro cabizbajo de Horacio se diluía en cada sombra de la pieza y los deseos de morir acrecentaban al unísono con cada recuerdo que anidaba su razón. Él tenía conciencia de que no pudo ser el gran hombre que auguraban sus talentos. “Un joven de metáfora impetuosa que irrumpe en poesía para aunar con sutileza romanticismo y filosofía existencial”, había dicho un renombrado literato de habla hispana sobre el joven poeta Horacio, que apareció con fuerza desmedida en los torrentes de la lírica a comienzos de la década del 60, pero al poco andar, todos las alabanzas se diluyeron como el insulso humo de un cigarrillo en una tarde invernal.
A los 23 años dejó su Chile natal y partió rumbo a Madrid con la firme convicción de que sus obras triunfarían en la bella Europa. No tenía conocidos ni un lugar donde llegar, sólo estaba a la deriva de lo que propusiera su aventura juvenil. En ese entonces, Horacio solía decir que vivía de la confianza que en sí mismo poseía, sin duda es por ello que dejó a familiares y amigos anclados en el pasado y decidió probar suerte en el horizonte de las artes. Al comienzo, todo funciono a la perfección porque la fortuna no se despegó de sus brazos. Se hizo de un nombre en el continente y sus obras se editaban por millares. Jóvenes, universitarios, novelistas, poetas y artistas en general cayeron rendidos ante la metáfora profunda y audaz que expresaba su pluma, pero a su pesar las corrientes de la vida nunca transitan por senderos iguales a los delineados por los sueños.
miércoles, 11 de abril de 2007
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